Hoy cuesta creer que alguna vez el muralismo fue una voz rebelde que narraba historias incómodas de lo social, lo político y lo cultural.
Pero eso fue hace mucho: Ahora no es más que la épica visual del Estado. Arte para obedecer, pintado con idearios políticamente correctos.
De aquel muralismo puntilloso que, cuanto menos, generaría tema de conversación, pasamos a una especie de clase de historia mal digerida, grandilocuente, repetitiva al punto de la predecibilidad y sin espacio para la duda.
Es arte que grita en voz alta, pero rara vez escucha y grita siempre lo mismo, como un eco de sí mismo que, vez con vez, se aplana.
La patética endogamia del elogio y la falta de autocrítica, tienen al pobre mundillo del arte en un callejón sin salida... Todo lleno del mismo mural, pura y debatiblemente decorativo.
La uniformidad de colores, temáticas y estilos y una y otra vez los mismos errores de perspectiva (conceptual y pictórica) y de proporciones (igual), hacen que la experiencia de encontrarse frente a un mural haya sido más que normalizada: Visto uno, vistos todos. La mayoría de los murales ya hacen parte del nuevo paisaje urbano y provinciano, cada vez más parecidos entre sí; y rara vez merece la pena detenerse frente a ellos.
Campesinos, sembrados, iconografía indígena, fauna y flora parecen ser el único material posible para los nuevos murales, como si la sociedad moderna no tuviera más que preocuparse por apreciarlos abúlicamente.
El nuevo mural ignora cualquier conflicto real y solo concibe un discurso de neoruralidad tan idealizada, que ni siquiera las más leves problemáticas del campo tienen cabida.
Pienso que raya en lo agresivo reducir, por parte de personas ajenas, al campesinado o a las culturas originarias a paisajes bucólicos, en la medida en que eliminan el conflicto: borran la desigualdad, el despojo, la violencia, el desplazamiento forzoso, el racismo estructural, en una instrumentalización disfrazada de homenaje.
La estetización reemplaza la acción política con contemplación pasiva.
¿Cuándo fue que el mural dejó de ser espacio de confrontación para el expectador, para pasar a decorar uniformemente algún sector llámese calle, barrio o pueblo entero?
¡Tan nada dice, que muchas veces recibe dinero público!
Algunos podrán esbozar una sonrisita de sorna pensando que Diego Rivera fue, más de una vez, contratado por el gobierno. A ellos, recuerdo que Rivera pintó a Lenin en la catedral del capitalismo y Rockefeller se escandalizó, al descubrir que los murales no se podían comprar sin ideología incluida.
| El hombre en el cruce de caminos, Diego Rivera - 1933 |
No quiero caer en el trillado y tan sin sentido "todo tiempo pasado es mejor", tal vez el muralismo ya no deba mirar al siglo XX como único referente, ni intentar repetir a Rivera, Siqueiros u Orozco. El conflicto de hoy no se pinta con los mismos colores ni se cuenta con los mismos símbolos.
Un muralismo que realmente importe, tendría que nacer de escuchar de verdad a los territorios no para idealizarlos, sino para mostrar sus tensiones sin maquillarlas. Debería abrir espacio para el disenso, intervenir lo urbano con ironía, con preguntas que incomoden. Podría usar recursos visuales, tecnologías digitales y lenguajes efímeros para romper lo evidente y desafiar la mirada pasiva; no se trata de rescatar un muralismo anacrónico, sino de volver a pensar valientemente al muro como un lugar de roce —no de afirmación— donde lo público no solo se vea, sino que se cuestione.
Tengamos claro que no todo arte en espacio de todos es arte público en sentido crítico. Cuando el arte responde a lineamientos de política pública que exigen “inclusión”, “diversidad” o “cultura local” sin permitir conflicto, se convierte en arte estatal y no necesariamente en arte de lo común y, el hecho de que muchos murales sean financiados con recursos públicos sin exigencia crítica, contribuye a una cultura visual pasiva que genera una relación perversa, donde el arte público confirma lo instituido en lugar de cuestionarlo.
Por mucho que quieran evadirlo, el vaciamiento crítico del muralismo contemporáneo puede entenderse como un síntoma de la lógica neoliberal (palabra que leerán más de una vez en este blog) aplicada al arte y al espacio público, en la medida en que deja de ser una herramienta de transformación social para convertirse en mercancía cultural sujeta a las lógicas del capital, el turismo y la “puesta en valor” del espacio común.
El mural entonces se despolitiza para ser vendible, financiable, "instagrameable" y consumible sin fricción de ningún tipo. Se vuelve un bien “neutro”, un decorado del urbanismo blando en el que las temáticas cómodas funcionan como packaging visual de lo comunitario sin riesgo político; y es que el muralismo neoliberal no busca incomodar al espectador, busca que lo comparta en redes.
Qué refrescantes son las tan escasas polémicas generadas por murales que, aunque más performáticos que artísticos —como "Las cuchas tienen razón"—, logran detonar disputas vivas en el espacio público. Como cuando, de un día para otro, el mensaje aparece censurado y así mismo, vuelve a ser pintado. Ese ir y venir, esa tensión entre el borrado y la reaparición, es en sí misma una coreografía de la memoria; un bello ejemplo, y quizá el mejor indicador, de lo que puede lograr un mural cuando interpela no solo la mirada, sino la conciencia.
No todos los muros necesitan ser "salvados" con pinceles; a veces el silencio es más subversivo, ¡pero qué lindo sería que el muralismo recuperara su vocación de confrontar y tensionar lo evidente!
Un arte público sin crítica, sin contradicción y sin conflicto, es un espejo dañado que devuelve la imagen que queremos ver, no la que necesitamos mirar: si el mural no incomoda, no es muralismo: es wallpaper.
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