Desde hace años y cada vez más, pululan los libros de "educación" emocional, mindfulness y otras tantas variantes de lo mismo. No puedo oponerme a que un adulto en pleno uso de sus facultades compre y lea un libro de estos; pero cuando de los niños se trata, me duele el corazón.
Hablo desde mi posición de madre, por supuesto, pero también desde la de la bibliotecaria que alguna vez fui y la de la promotora de lectura que me gusta creer que sigo siendo.
No puedo evitar molestarme ante el evidente pensamiento de que producir contenido (el que sea) para niños, es fácil.
Esos menosprecio y subestimación de la infancia logran ofenderme en diferentes niveles y capas de lo personal.
No. Lo infantil es todo menos fácil. La infancia es compleja por donde se le mire y merece el más profundo de los respetos desde cualquier posición.
Lo mismo la literatura.
Les pido que, por un momento, consideremos el riesgo de transformar la literatura infantil en una herramienta utilitaria o moralizante, perdiendo de vista su valor como experiencia estética, emocional y de exploración libre del lenguaje y la imaginación.
Cuando los cuentos se convierten en vehículos explícitos para enseñar mindfulness, gratitud, empatía o cualquier otra virtud, se fuerza una lectura única y se instrumentaliza el texto. ¿Puede haber algo más cruel?
La literatura buena, incluso la infantil, por supuesto, ofrece múltiples capas de sentido. Pero cuando el mensaje es demasiado claro, no hay espacio para la interpretación personal.
Emociones de colores —no pienses cuáles, aquí te los decimos—, metáforas obvias —el volcán es rojo y está enojado— y cuentos que se explican a sí mismos con moralejas subrayadas, terminan por ofrecer una experiencia de lectura predecible, cerrada y sin espacio para la imaginación o cualquier interpretación distinta a la tan explícita ofrecida por el texto y las ilustraciones —nunca tan complejas que permitan ir demasiado lejos, ni tan abstractas que no se presten para material adicional—. La literatura infantil reducida a manual de emociones pierde su ambigüedad, su poder simbólico y su capacidad de resonar de forma única en cada lector, siempre y cuando sean emociones sencillas, porque eso sí, de temas como la muerte, por ejemplo, mejor no hablemos.
Leer deja de ser un placer para convertirse en lección. ¿Se les ocurre un mejor método para alejar a los niños del disfrute natural que produce una historia bien contada?
¡No se vayan! Si el cuento no fue lo suficientemente obvio, esperen a que les muestre el material adicional.
Si cada libro “debe” dejar una enseñanza y encima viene con tareas para comprobarlo, la experiencia de leer deja de ser íntima, libre y formativa en sí misma. Pero es que, tal vez, y aún sin saberlo del todo, esa es la idea...
¿En qué mundo la literatura infantil habría de ponerse al servicio de competencias, promoviendo la pérdida de lo inútil? ¿En qué mundo se pensaría en el niño como futuro capital humano?
¡Todos a la vez! 1, 2, 3: ¡En un mundo neoliberal!
¡Muy bien! ahora el monstruo está feliz, como debería estar siempre, porque es la única emoción válida y que nos gusta a los adultos, siempre y cuando sea una felicidad moderada que no implique gritos ni ninguna otra demostración de que son niños.
¿Que hilo muy fino?
Vamos a ver:
En el marco neoliberal todo se vuelve medible, útil y orientado a resultados. Esto, por supuesto, incluye la literatura: Los cuentos dejan de ser expresiones estéticas o culturales y se convierten en herramientas para formar habilidades como la autorregulación emocional, el pensamiento positivo, el autocuidado o la resiliencia.
Así, el cuento no se valora por su belleza, su lenguaje o su capacidad de conmover, sino por su “utilidad” en el desarrollo de competencias blandas o socioemocionales medibles.
Esta corriente concibe a los individuos desde temprana edad como inversiones en capital humano. Se fomenta la idea de que todo debe preparar al niño para un futuro exitoso, productivo y competitivo y en este contexto, la literatura infantil ya no es para jugar, reír, acompañar, pensar o disfrutar, sino para “formar al ciudadano del mañana”: fácil, resiliente, positivo, empático, sin cuestionamientos y, cómo no, adaptable. La gestión emocional como entrenamiento temprano para sobrevivir sin molestar al sistema.
¿Para qué invitar a cambiar el mundo si puedes enseñar a aceptarlo con una sonrisa y respiración consciente?
Se privilegia un modelo en el que cada actividad del niño debe tener un propósito claro, una utilidad directa, una mejora observable. La lectura se convierte en una actividad productiva más, vigilada y optimizada con recursos como guías, fichas, juegos, que reducen la posibilidad de una lectura libre, ociosa y espontánea; lo que debería ser, una experiencia subjetiva que no busca nada más que el placer de leer: Obviamente el mercado no quiere niños lectores, quiere clientes tempranos de experiencias terapéuticas.
Y es que ahora los libros infantiles no enseñan a pensar, sino a respirar profundo para aceptar lo que no se puede cambiar; la metáfora murió estrangulada por la literalidad de la autoayuda: aquí todo se dice tal cual, por si el niño no entiende su tristeza —azul y redondita—.
El cuento neoliberal no busca empoderar, sino que te autorregules lo justo para seguir siendo productivo y rentable.
Convierten la literatura en terapia de autoayuda con dibujos, mientras silencian cualquier historia que invite a cuestionar el mundo real. Y escribir así, sí que es fácil.
El mérito literario es el modo en que se presentan las emociones —colores, formas, texturas— para poderlas calificar de "positivas" o "negativas", siempre de la misma manera, eternamente adultocéntrica.
La lógica neoliberal no solo atraviesa la escuela, también al mercado editorial. Se promocionan libros como “útiles”, “educativos”, “alineados con habilidades del siglo XXI”, convirtiendo a los padres y docentes en consumidores de productos funcionales, no de literatura.
El libro no puede estar más lejos de ser una obra de arte, es solo un producto con promesa de mejora emocional o comportamental, legitimado por el marketing de bienestar y autoayuda infantil al que tantos editores se rinden, ante la absurda facilidad de movimiento en el mercado, que encontró una mina de oro: niños felices, resilientes y listos para consumir sus propias emociones explicadas y catalogadas.
No hace mucho en la última sesión de un maravilloso curso virtual sobre LIJ al que tuve la fortuna de asistir, la editora argentina Valeria Mari se expresó sobre el tema soltando una frase que me pareció muy reveladora: "lo que define a un editor, es lo que no publica".
¡Cuánta resistencia y ética hay que tener integrada para no caer en el juego!
Desde esta perspectiva, todo lo que no tiene un resultado inmediato o una función clara es descartado o minimizado. Pero la literatura —como el arte en general— encuentra su fuerza precisamente en lo inútil, lo ambiguo, lo libre, lo que no se puede medir.
Al colonizar la literatura infantil, se le quita su potencia subversiva, crítica y tan profundamente humana; ya no enseña a rebelarse contra los ogros, sino a empatizar con ellos. Quizá solo tenían un mal día y necesitaban un abrazo.
Parte el corazón ver cómo la nueva "literatura infantil" no invita a la carcajada ni a la más profunda reflexión, sino a regular tus emociones para ser más funcional en un sistema que te explotará de cualquier forma.
¿No estamos acaso frente a un genocidio de la imaginación perpetrado con brillantina emocional?
¡¿Alguien quiere —de verdad— pensar en los niños?!
Esta corriente escribe pensando en terapeutas, no en lectores. Por eso los libros pesan más por su moralina que por su narrativa y necesitan —en el mejor ¿o peor? de los casos— de avales psicológicos y teorías que apoyen sus enseñanzas.
Una de las historias más contadas y reinterpretadas, sin duda alguna es Caperucita Roja.
Tenemos versiones brutales, como la de Sarah Moon, o Inoccenti; otras hilarantes como la que le contaron a Jorge, de Luis Pescetti y entre estos extremos un muy amplio abanico de interpretaciones y adaptaciones.
Les propongo una, más acorde a lo que exige el mercado:
En esta versión, Caperucita no huye del lobo: lo escucha activamente, valida sus emociones y le recomienda una serie de ejercicios para gestionar la ira.
La niña no desobedece a su madre: explora los límites de su autonomía emocional con asertividad y empatía.
A la abuelita no se la come el lobo sino la ansiedad, pero Caperucita le enseña a hacer journaling para resignificar la experiencia.
El bosque no es metáfora de transformación: es un espacio seguro para que Caperucita practique respiraciones profundas y conexión con la naturaleza y su yo interior.
Propongo una Caperucita sin tensión narrativa: La historia no termina con justicia ni redención, sino con un círculo de diálogo y una guía pedagógica para padres y docentes.
¡Y que no falte la magia!, la vieja confiable para salir de los problemas en los que se mete el narrador y de los que no sabe cómo salir.
¿No les encanta?
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