viernes, 16 de enero de 2026

¿Pero quiénes se creen los padres, para querer educar a sus hijos?

En el debate contemporáneo sobre educación, pocas voces en Colombia tienen el peso intelectual y mediático de Julián de Zubiría Samper. Su defensa de la escuela como espacio de construcción democrática, su preocupación por lo público y su énfasis en el desarrollo del pensamiento lo han convertido en una referencia obligada; sin embargo, su rechazo frontal e intransigente a la educación en casa (homeschooling) plantea una serie de contradicciones teóricas, políticas y éticas que merecen ser examinadas con cuidado.

Este texto tenga tal vez un tono distinto de los anteriores, porque no busca deslegitimar su trayectoria, sino analizar críticamente la coherencia entre su discurso, sus argumentos y su práctica institucional; especialmente cuando se descalifica a las familias como agentes educativos válidos.

De Zubiría construye gran parte de su discurso en clave normativa: “la escuela debería formar pensamiento crítico, debería ser un espacio de debate, debería ser un espacio de desarrollo más que de aprendizaje, debería…” Esta formulación reconoce, implícitamente, que la escuela real no cumple aún con esos ideales.


La paradoja aparece cuando, pese a este diagnóstico, se defiende la obligatoriedad absoluta de la escolarización incluso mientras la institución no ofrece las condiciones que el propio autor considera deseables. Se exige a los niños y a las familias permanecer en una escuela que “aún no es”, bajo la promesa -¿de quién?- de una reforma futura.


Esto plantea un problema ético de fondo y es que el niño real, en su presente, no puede ser instrumentalizado como medio para la reforma de un sistema. El derecho a una educación pertinente, respetuosa y significativa es inmediato, no diferido. 


Defender la obligatoriedad sin garantizar las condiciones mínimas que se reclaman implica una contradicción performativa en la medida en que se legitima la institución por su promesa o su “deber ser”, no por su experiencia efectiva.


Uno de los argumentos más reiterados por de Zubiría contra el homeschooling es que los padres no somos docentes y, por tanto, somos insuficientes o incapaces de educar. Sin embargo, este argumento se debilita al contrastarlo con la práctica del Instituto Alberto Merani, donde muchos mediadores no poseen licenciatura o carreras pedagógicas, la formación pedagógica se realiza dentro del modelo y se prioriza la apropiación del enfoque sobre el título formal.

Esto revela que, en la práctica, la competencia pedagógica no se define por la licenciatura, sino por la formación, la mediación y la reflexión sobre el proceso educativo. Si ese criterio es válido para jóvenes mediadores institucionales, resulta inconsistente negarlo a padres que estudian, investigan y, sobre todo, acompañan de manera consciente el aprendizaje de sus hijos.


La diferencia no es pedagógica sino simbólica y hasta política: el problema no es quién enseña, sino desde dónde enseña.


Para él, el docente válido es quien opera dentro de una institución, responde a un currículo estructurado, es supervisado por un sistema -que él mismo reconoce como insuficiente-, media el aprendizaje sin vínculo afectivo primario y representa una autoridad social externa a la familia, a la que parece tenerle tirria.


El rechazo al homeschooling se sostiene, en gran medida, sobre una desconfianza profunda hacia las familias. Se asume que TODOS los padres -a diferencia de los docentes- reproducimos sesgos, carecemos de herramientas didácticas, confundimos afecto con exigencia y limitamos la socialización, porque además y según el autor, nuestro motor es el miedo.


Esta visión homogeniza a las familias y desconoce realidades diversas, trayectorias culturales, capital pedagógico y experiencias comunitarias. Además, entra en tensión con abundante evidencia pedagógica y neuroeducativa que reconoce el vínculo afectivo como condición del aprendizaje profundo, no como obstáculo.


Paradójicamente, un discurso que se presenta como humanista y desarrollista termina desconfiando del vínculo humano más significativo en la infancia y en la vida.


Otro punto central es la identificación casi exclusiva entre escuela y socialización. Desde esta perspectiva, salir -o “abandonar”, como le gusta plantearlo- de la escuela implica aislarse del mundo. Sin embargo, esta equivalencia ignora formas contemporáneas de socialización como proyectos comunitarios, colectivos culturales, clubes científicos o artísticos, experiencias intergeneracionales o redes educativas no escolares, que muchas veces y a pesar de su apretada agenda académica, los padres buscan para sus hijos escolarizados.


La socialización no es patrimonio exclusivo del aula y confundirla con escolarización es reducir lo social a lo institucional y desconocer la diversidad de experiencias formativas posibles.


Todos sabemos que un salón de clases no es más que un grupo homogeneizado de niños, agrupados por edad, clase social y, a veces, todavía, hasta por religión o género; por no hablar de cómo los agrupan también según su comportamiento o rendimiento académico en 1, 2, 3; A, B, C; o Alfa, Beta, Gama… 


De Zubiría se posiciona como defensor de la educación como bien de movilidad social y de la democratización del conocimiento. No obstante, el Instituto Alberto Merani es una institución privada con costos considerables, accesible solo a una minoría con alto poder adquisitivo y aquí emerge una tensión difícil de eludir: se enuncia el deber ser general, desde un enclave educativo de élite. Defender la equidad mientras el modelo que encarna el ideal pedagógico no es materialmente accesible, plantea un problema de coherencia política, es la historia reiterada de la la aristocracia disponiendo sobre el vulgo, o de la masculinidad legislando sobre lo femenino. 


La democratización no puede ser solo un horizonte discursivo. Requiere condiciones reales de acceso; de lo contrario, se corre el riesgo de convertir la justicia educativa en una promesa abstracta sostenida por experiencias privilegiadas y pretender que TODOS los niños asistan a una escuela que DEBERÍA ser como el Merani, es un absurdo obtuso que raya en lo cruel.


Finalmente, el rechazo radical al homeschooling parece responder menos a evidencias empíricas que a una necesidad de proteger la centralidad de la institución escolar. Aceptar que existen experiencias de educación en casa rigurosas, críticas y socialmente comprometidas implicaría admitir que el desarrollo del pensamiento no es exclusivo de la escuela, que la mediación pedagógica no requiere necesariamente de una institución y que el saber educativo no es monopolio del sistema escolar, aún prusiano y desde esta perspectiva, el homeschooling no se rechaza por lo que es, sino por lo que desestabiliza.


El discurso de Julián de Zubiría invita a pensar críticamente la escuela, pero no permite abandonarla; reconoce sus fallas, pero exige lealtad; defiende lo público, pero desde prácticas privadas excluyentes; desconfía de las familias, pero flexibiliza los criterios docentes dentro de su propia institución.


Esta combinación produce una postura normativamente exigente con las alternativas y extraordinariamente indulgente con la institución escolar. 


Reconocer estas tensiones no implica negar el valor de la escuela ni promover salidas individualistas, sino abrir un debate honesto, sobre cómo la educación es un derecho del niño, no un privilegio de las instituciones y cuando la escuela no cumple, pensar alternativas no es un acto de abandono o vulneración, sino una forma legítima de responsabilidad educativa.


Es cierto que la comunidad que educa en casa es tan variada como la escolarizada y que cada caso particular es observable; pero las generalizaciones no solo son injustas, sino empobrecedoras. Resulta, por lo menos triste, constatar que el creador de la "pedagogía dialogante" se muestre completamente cerrado al diálogo, convencido de poseer una verdad absoluta y —paradójicamente— incapaz de aceptar el pensamiento crítico aplicado a su propio absolutismo y a su fijación con la educación en casa, que asocia cada vez más seguido a todos los males que aquejan a la educación tradicional.






Háganse sus propias ideas.

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viernes, 18 de julio de 2025

Señoras y señores... (¿o, solo "señores"?)

En estxs tiempes, pareciera que le inclusién se mide por le usx de ciertes palabres o fórmules. Se espera que, al decir “todes”, “elle” o desdoblar constantemente les géneres, ya se haya dadx un pasx decisivx hacia le equided. Pero le realided demuestra que le inclusién no se logra sole a través del(la) lenguaje, y muche menes cuando este se convierte en une mode pasajere o en une forme superficial de corrección polítique.

El(la) lenguaje es unx herramiente vive y dinámique, que responde a le necesided de comunicación entre les persones. Por naturalece, busca le economíe y le clarided. Cuando le use de ciertes fórmules complejicen innecesariamente le mensaje o responde sole a la presión social, termina desgastándose o siende rechazades por les mismes hablantes. Pretender forzar le lenguaje, sin un(a) cambie real en les práctiques sociales, es tante como poner un(a) cartel(a) de un(a) bonite paijsaje sobre une puerte cerrade.


Hay, además, un(a) fenómene preocupante: le hipocresíe de le mode lingüístique. Empreses, instituciones y figures públiques abrazan le use de les palabres “inclusives” como parte de une estrategie de imagen, mientras mantenen práctiques excluyentes o discriminatories en sus estructures. Adoptar le forme sin cambiar le fonde no sole es estéril, sino que también banaliza luches profundes y legítimes por le dignided y les dereches humanes.


Estx no significa que le lenguaje inclusive carezca de valer. Al(la) contrarie, puede ser une herramiente válide de visibilizacién cuando nace del(la) respete genuine y del(la) desex auténtique de construir espacies equitatives. Pero nunca debe sustituir les acciones concretes, el trate digne ni les oportunidades reales para todes. Le verdadere inclusión se practica cade díe, en les decisiones, en les polítiques y en le manere en que nos relacionamos con les otres.


Les palabres pueden acompañar le cambie, pero no le reemplazan. Y le inclusién, le auténtique, nunca será frute de le mode, le imposición o le corrección superficial. Será siempre consecuencie del(la) respete, la empatíe y la coherencie.


¿O queremos empezar a ver en titulares “Asesinade por su identidad de género: encuentran sin vida a reconocide activiste trans”?


¿Sería ese un triunfo del lenguaje inclusivo?

¿Qué tal si nos preocupamos del fondo más que de la forma? ¿Qué tal si lo que integramos no es más que el respeto y la empatía? 

Preocupa pensar que es más fácil cambiar el modo de hablar, que el de pensar e incluso sentir. 


Pero así está le cose, en le munde moderne. 


domingo, 13 de julio de 2025

Amor con brandig, la sabiduría de lo fácil

Hay una nueva plaga rondando las redes sociales. No son virus, ni estafas piramidales; son los "famosos iluminados", por llamarlos de algún modo. Actores, presentadores o celebridades de reality que, tras una década frente a cámaras, han decidido que ya no solo quieren entretenernos: ahora quieren enseñarnos a vivir.


De la noche a la mañana se convierten en expertos en crianza, relaciones de pareja, salud mental y hasta filosofía de vida. 

¿Su título? Ninguno. ¿Sus fuentes? Su experiencia personal, su relación conyugal (con filtros), su crianza en casas de diseño y la validación de millones de likes. Con eso basta.


Nos hablan de vulnerabilidad desde mansiones o gigantescas casas de campo; de estrés mientras graban en completo silencio porque la niñera se ocupa de los niños, o están en alguna muy elegante clase extra-curricular; de la infancia desde su burbuja de privilegio, donde un equipo entero les permite "presenciar conscientemente" la crianza, mientras preparan un reel.

No es que no puedan hablar de lo que viven. El problema es que se presentan como si su experiencia personal fuera una verdad universal, como si la fama les diera licencia para aconsejarnos con autoridad.


Y les creemos. Les creemos porque lloran en cámara. Porque tienen hijos. Porque parecen “cercanos”. Porque dicen “yo también he estado ahí”, mientras no reconocen que su “ahí” estaba lleno de redes de apoyo, dinero y tiempo libre.


Lo más peligroso no es su ignorancia sino su hipocresía, minimizada como irresponsabilidad emocional. Porque su discurso, maquillado de autenticidad, lleva consigo una carga brutal: la de hacernos sentir que si no logramos lo que ellos han logrado es nuestra culpa; aunque claro, dicen todo lo contrario, porque son iluminados.


Nos venden disciplina emocional sin decirnos que ellos pueden fallar sin miedo al hambre. Nos hablan de amor consciente sin reconocer que tener tiempo para terapia, coaching de pareja y escapadas románticas -incluso internacionales- no es la norma: es privilegio.

Qué sencillo hablar del manejo del tiempo y la sana distribución entre familia y trabajo cuando eres el patrón, o no tienes que preocuparte por qué vas a comer, sino en dónde. 


No se forman, no contrastan, no preguntan. Solo transmiten. Con convicción. Con dulzura. Con marketing.


Y mientras tanto, miles de personas los escuchamos y repetimos: “si ellos pudieron, nosotros también”, sin ver el andamiaje invisible que sostiene a los que hablan desde arriba, fingiendo que están a nuestro lado.


Porque no están a nuestro lado.


Están sobre nosotros, monetizando nuestra atención, disfrazando coaching sin fundamento, de sabiduría popular. Y nosotros, agotados, los miramos creyendo que tienen la respuesta, cuando en realidad, solo tienen el algoritmo a su favor.

Es esta la nueva estrategia en el mercado emocional: mostrarse imperfectos, para parecer, precisamente, perfectos.


Las parejas famosas ya no venden el ideal de amor eterno, sino algo más seductor: la imagen de un vínculo real, con “altibajos”, “peleas”, “momentos difíciles”, que –oh casualidad– siempre logran superar. O incluso si desembocan en divorcio, del que nunca hay señales ni proceso visible, logran romantizarlo y presentarlo como el proceso más maduro, sano y revelador de sus vidas.
Lo hacen tan bien, tan conscientes, tan juntos, que no podemos evitar pensar:
“qué perfección de imperfección tienen.”

Y es ahí donde nos atrapan.


Su vulnerabilidad es performática. Su "crisis" es contenido y sus “momentos de tensión” están perfectamente guionados con edición profesional y una resolución inspiradora de tres minutos.
No muestran su desorden: muestran apenas justo para parecer humanos, sin dejar de verse adorables.


No están compartiendo una relación real, están interpretando una narrativa rentable.
No es amor lo que vemos: es estrategia emocional con guion, edición y monetización.




La paradoja es cruel. Nos dicen que no son perfectos, para que les creamos más.
¿No compraríamos un producto si el vendedor nos dice que tiene un par de defectitos, pero son más los beneficios?

¿No nos genera confianza? ¿No agradeceríamos su honestidad?


Pero detrás de esa honestidad “cruda” hay un equipo, cámaras, luces, contratos y control total de la historia que nos están contando.

Y nosotros, desde nuestras casas, con discusiones reales, cuentas por pagar, niños realmente presentes y sin tiempo para reflexionar en pareja cada jueves a las 11:00 am con café orgánico junto a la piscina, nos sentimos inadecuados.


Ya el sueño no es ser cantantes o actores; ahora es tener una pareja como la suya o ser la mitad de buenos padres que ellos. Porque ellos “también pelean”, pero nunca terminan gritándose frente a los niños, o dejándose de hablar.
Ellos “también han estado mal”, pero siempre vuelven más fuertes, más conectados, más bellos.

No nos están mostrando su vida: nos están vendiendo una ficción emocional de consumo rápido donde el producto ni siquiera es su relación. Somos nosotros.


Al parecer, ahora la fama es epifánica y otorga alguna suerte de sabiduría suprema que pasa por encima de la ciencia o incluso, la ética.


¿Desde cuándo la fama otorga el derecho de decirnos cómo vivir, amar o criar, como si no hubiera consecuencias?


Siempre supe que la televisión era un mito etiogónico moderno, pero las redes sociales lo han llevado a extremos de un peligro irreconocible. 

viernes, 13 de junio de 2025

Democracia: el derecho a elegir lo que no se entiende


Es la educación la única canción,

la pedagogía la más dulce melodía

Cambiemos los valores de una sociedad podrida 

pongamos rumbo fijo, y a volar...

Ska-p


En teoría, la democracia es el gobierno del pueblo. En la práctica, es un desfile de votos donde la razón y la conciencia no siempre están invitadas: Todos tienen voz, pero no todos saben por qué la están usando ni para qué. 



No tenemos la más mínima educación en democracia o política y desde la raíz, el ejercicio democrático está viciado de fondo: Desde el jardín de infantes hasta el bachillerato jugamos a la democracia para elegir personeros, por ejemplo, en un desfile de tierna corrupción pueril, aprobada y aplaudida por adultos. 

Candidatos que no conocen las responsabilidades de un personero y votantes que las conocen aún menos. 


El panorama es el siguiente: 


Propuestas absurdas y muy por fuera de las capacidades de un simple personero y nadie dice nada, nadie aterriza, nadie orienta, nadie se queja.

Dulces van y vienen en las agendas escolares, con total aprobación del cuerpo docente, porque claro, son niños, no es nada grave, nada importante. 


Llega el día de las votaciones en las que se dan casos como el que una vez vivió mi hijo mayor, en el que la maestra le indicó por quién votar. ¡Qué ternura!… 


Y lo mejor, es que después de estos simulacros completamente torcidos, pasamos a elegir alcaldes, gobernadores, congresistas y presidentes; sin ningún ejercicio intermedio, porque los anteriores debieron ser suficientes para que entendiéramos la dinámica y, por supuesto, así es.


¿Será acaso una casualidad? ¿Algo verdaderamente inocente? O es que a alguien conviene que crezcamos sumidos en la más vulgar ignorancia y vendamos nuestro voto por un dulce, un tamal, una teja o un billete… 


Ya en la adultez, no hay que explicar demasiado para saber cómo son las cosas. 


La democracia presume que todos los votos son iguales, pero no lo son: Un voto consciente no debería pesar lo mismo que uno manipulado, así como un voto informado no debería valer igual que uno comprado con miedo o favores.


Pero así está dispuesto el juego, para que todos creamos que participamos, mientras unos pocos deciden. No es culpa de quienes votan sin saber, sino de quienes diseñaron una democracia donde votar así es perfectamente legal, incluso estratégico.


Como decía Kant, la salida de la minoría de edad exige coraje; y en este sistema, pensar por uno mismo no solo es raro: es subversivo.


En cada campaña y jornada electoral doy vueltas a lo mismo y tengo ya perfilados cinco grupos en los que divido a los votantes, aclarando, por supuesto, que hay casos intersectos entre una categoría y otra y que muchos otros no pertenecen obligatoriamente a alguna: 



1. Los sonámbulos


Así decidí llamar al que vota basado en su ignorancia y candidez. Son votantes completamente infantilizados por el sistema, fácilmente manipulables y efectivamente manipulados.  

No tienen formación política suficiente, votan por lo que ven en redes, por el nombre más sonado, por el que "parece honesto", por la cara bonita, por el que alguien les sugirió votar.


Este es un grupo complejo al que defiendo públicamente siempre con miedo de caer en paternalismos moralizantes, pero verdaderamente considero que no se les puede juzgar. No son malintencionados, ni culpables de su ingenuidad. Suelen ser personas con escaza educación y carentes de pensamiento crítico. 

No se les puede culpar por votar mal, cuando el sistema les ha negado el derecho a pensar bien.


Desde una mirada kantiana, este grupo sigue en "minoría de edad", no porque quiera, sino porque las condiciones lo mantienen ahí. Son ciudadanos cuyo derecho al voto me causa conflicto, pues al validar su voto como igual al del votante informado, la democracia genera una falsa equivalencia entre la opinión y el juicio.

Les llamo “sonámbulos” porque caminan por la democracia sin saber que están dormidos.


Su voto es impulsado por el miedo, la emoción o el bombardeo mediático. No hay malicia, pero tampoco conciencia. Son víctimas de un sistema que los mantiene desinformados, entretenidos y distraídos.

Esta gente vota como puede, no como debería. No tiene acceso a información clara ni herramientas para interpretarla. Insisto, no se les puede culpar: el sistema los necesita así, desarmados y obedientes.


Soy más que consciente de la posición involuntariamente elitista en la que me pone esto que pienso, pero también considero que el problema no es mío por pensarlo, sino de un sistema que mal educa a su pobalción más vulnerable, precisamente, para vulnerarla. 


2. Los Lúcidos o Mayores de Edad


Es el minoritario y en vía de extinción, grupo de ciudadanos que buscan, contrastan, reflexionan. Entienden que votar es un acto de responsabilidad, no solo un derecho, configurando el grupo de votantes que han alcanzado la mayoría de edad ilustrada.

 

Quiero creer que pertenezco a esta categoría, pero he de reconocer que mi educación sigue siendo limitada y desconozco de fondo temas clave, que sé me impiden ver algunas cosas y comprender tantas otras. 


Este grupo piensa, lee, compara y no se casa con ídolos: Son críticos y coherentes, están abiertos y a la altura de un debate respetuoso basado en la argumentación. Son pocos, incómodos y peligrosos para el statu quo, porque no aceptan el juego tal como está planteado.


Saben bien que votar sin información es como firmar un contrato sin leerlo, pero son conscientes de que quienes sí leen también deben cargar con las consecuencias.

El votante lúcido duda, analiza. No vota con el estómago (aunque puede revolvérsele, cómo no), sino con la cabeza. Sabe que el voto no es un acto de fe, sino de responsabilidad.


Es el ciudadano kantiano: ha alcanzado la mayoría de edad, y por eso incomoda.

Pensar por cuenta propia es el acto más revolucionario en una democracia de oligarcas.



3. Los Cínicos


Ellos saben exactamente lo que hacen: apoyan al corrupto porque les sirve. Votan por intereses mezquinos, favores personales o porque comparten la agenda del poder.

Aunque saben que su candidato es un lobo, lo eligen esperando que no les muerda.

Este es el grupo más destructivo, pues opera con plena conciencia, pero esta está alineada al beneficio individual, no al bien común.


A ellos sí les llamo “malos” y tienen mi más sincero repudio y juicios más duros; saben que su candidato es corrupto, violento o inepto, pero lo apoyan porque les conviene, es puro interés personal: el contrato, la palanca, la embajada, la impunidad.


Este votante no está desinformado: está podrido de conveniencia.


4. Los Adoctrinados


Este es un grupo muy complejo y diferente. 

A ellos tampoco puedo juzgarles y puedo comprenderles, y es que se trata de aquellas personas que no votan con libertad, sino con lealtad condicionada. 

A este grupo pertenecen, por ejemplo, las familias de los policías o militares. 


Estas personas tienen fe en símbolos, no en ideas. Les enseñaron a votar por “los de siempre” porque eso representa “orden”, “patria” u “honor”. No cuestionan, porque hacerlo sería traicionar una identidad que fue impuesta y porque el pan sobre su mesa depende de ello.


Son muchos que votan en nombre del que no puede hacerlo, siempre respaldando lo que ha aprendido en su adoctrinamiento y se parecen mucho a los sonámbulos, pero mucho más informados. 


No son insidiosos, pero su voto no puede ser objetivo ni independiente. 


Este grupo no es ignorante ni malintencionado. Es leal. Pero no a la democracia, sino a un dogma: el uniforme, la bandera, la institución, la tradición familiar. Vota como le enseñaron y ahí está el peligro, porque la información que consume no informa: instruye a obedecer. 

Su voto no es libre: es un acto reflejo condicionado por años de doctrina; creen que piensan por sí mismos, pero la voz en su cabeza viene con manual, Dios y Patria.




5. Los Naturales


Estos últimos son aquellos de quienes su voto no sorprende ni puede esperarse que lo haga.

Son los hijos de obreros o campesinos en zonas de abandono, donde votar por la izquierda no es rebeldía, sino tradición; o herederos de apellidos viejos, criados en casas donde la derecha no se discute, se asume.

Para ellos, cambiar de posición política sería casi una traición al origen, un acto antinatural. Sus razones no se negocian en el debate público ni en las noticias: están inscritas en el linaje, en la calle que habitan, en el tono con que sus padres hablaban de “los otros”.

¿Cómo juzgarles? No votan mal, ni bien: votan como fueron hechos. En su caso, el voto no es una elección, sino una continuidad. 

Son ricos de cuna o eternos marginados, que tienen su orilla configurada de nacimiento porque en su realidad no cabe nada más y sería absurdo pensar diferente. 


Su construcción nos remite no tanto a decisiones racionales, sino a la inercia del entorno, a un guion de vida que fue escrito antes de poder elegir, que me lleva a apuntar a el límite real de la autonomía política, moldeado por la cuna, la clase, o el destino social.




La democracia representativa nos vendió la ilusión de participación. Nos dijo que con solo marcar una casilla, ya estábamos ejerciendo poder. Pero lo cierto es que votamos dentro de un teatro cuidadosamente montado donde los candidatos ya están filtrados, los discursos vaciados de contenido y los partidos responden más a intereses económicos que a necesidades ciudadanas.

El sistema no está roto: Está diseñado para funcionar así.

Funciona con desinformación, con clientelismo, con miedo, con dogmas, con ignorancia y con burocracia. Porque si la gente pensara, cuestionara y actuara desde una conciencia real, este modelo de representación caería como un castillo de naipes.


Votamos cada cuatro años para que nos ignoren los otros 1.460 días, elegimos “representantes” que se representan a sí mismos y firmamos un cheque en blanco con la tinta de nuestra buena fe.

La democracia representativa no “está” en crisis: está viciada de origen; no distribuye poder, lo administra desde arriba y no amplifica las voces, las canaliza, las modera, las desactiva. No se necesitan más votantes; necesitamos ciudadanos críticos, y estructuras que no funcionen solo para los de siempre. Pero para esto, debe cambiar el sistema educativo que tanto depende del político.


¿Podemos aspirar a tanto? 

Francamente, creo que no. 


Si el pueblo es soberano, ¿por qué lo educan para que no sepa gobernarse? 

Sabemos más de fútbol y farándula que de política y así esperan que votemos con libertad. Porque el sistema no teme al ignorante, lo alimenta. Lo necesita para seguir funcionando.


No es que la democracia no funcione o no sea real, es que una urna no convierte en sabiduría lo que fue ignorancia colectiva. 


Esa, es nuestra maldición.






¿Pero quiénes se creen los padres, para querer educar a sus hijos?

En el debate contemporáneo sobre educación, pocas voces en Colombia tienen el peso intelectual y mediático de Julián de Zubiría Samper. Su d...