Hay una nueva plaga rondando las redes sociales. No son virus, ni estafas piramidales; son los "famosos iluminados", por llamarlos de algún modo. Actores, presentadores o celebridades de reality que, tras una década frente a cámaras, han decidido que ya no solo quieren entretenernos: ahora quieren enseñarnos a vivir.
De la noche a la mañana se convierten en expertos en crianza, relaciones de pareja, salud mental y hasta filosofía de vida.
¿Su título? Ninguno. ¿Sus fuentes? Su experiencia personal, su relación conyugal (con filtros), su crianza en casas de diseño y la validación de millones de likes. Con eso basta.
Nos hablan de vulnerabilidad desde mansiones o gigantescas casas de campo; de estrés mientras graban en completo silencio porque la niñera se ocupa de los niños, o están en alguna muy elegante clase extra-curricular; de la infancia desde su burbuja de privilegio, donde un equipo entero les permite "presenciar conscientemente" la crianza, mientras preparan un reel.
No es que no puedan hablar de lo que viven. El problema es que se presentan como si su experiencia personal fuera una verdad universal, como si la fama les diera licencia para aconsejarnos con autoridad.
Y les creemos. Les creemos porque lloran en cámara. Porque tienen hijos. Porque parecen “cercanos”. Porque dicen “yo también he estado ahí”, mientras no reconocen que su “ahí” estaba lleno de redes de apoyo, dinero y tiempo libre.
Lo más peligroso no es su ignorancia sino su hipocresía, minimizada como irresponsabilidad emocional. Porque su discurso, maquillado de autenticidad, lleva consigo una carga brutal: la de hacernos sentir que si no logramos lo que ellos han logrado es nuestra culpa; aunque claro, dicen todo lo contrario, porque son iluminados.
Nos venden disciplina emocional sin decirnos que ellos pueden fallar sin miedo al hambre. Nos hablan de amor consciente sin reconocer que tener tiempo para terapia, coaching de pareja y escapadas románticas -incluso internacionales- no es la norma: es privilegio.
Qué sencillo hablar del manejo del tiempo y la sana distribución entre familia y trabajo cuando eres el patrón, o no tienes que preocuparte por qué vas a comer, sino en dónde.
No se forman, no contrastan, no preguntan. Solo transmiten. Con convicción. Con dulzura. Con marketing.
Y mientras tanto, miles de personas los escuchamos y repetimos: “si ellos pudieron, nosotros también”, sin ver el andamiaje invisible que sostiene a los que hablan desde arriba, fingiendo que están a nuestro lado.
Porque no están a nuestro lado.
Están sobre nosotros, monetizando nuestra atención, disfrazando coaching sin fundamento, de sabiduría popular. Y nosotros, agotados, los miramos creyendo que tienen la respuesta, cuando en realidad, solo tienen el algoritmo a su favor.
Es esta la nueva estrategia en el mercado emocional: mostrarse imperfectos, para parecer, precisamente, perfectos.
Las parejas famosas ya no venden el ideal de amor eterno, sino algo más seductor: la imagen de un vínculo real, con “altibajos”, “peleas”, “momentos difíciles”, que –oh casualidad– siempre logran superar. O incluso si desembocan en divorcio, del que nunca hay señales ni proceso visible, logran romantizarlo y presentarlo como el proceso más maduro, sano y revelador de sus vidas.
Lo hacen tan bien, tan conscientes, tan juntos, que no podemos evitar pensar:
“qué perfección de imperfección tienen.”
Y es ahí donde nos atrapan.
Su vulnerabilidad es performática. Su "crisis" es contenido y sus “momentos de tensión” están perfectamente guionados con edición profesional y una resolución inspiradora de tres minutos.
No muestran su desorden: muestran apenas justo para parecer humanos, sin dejar de verse adorables.
No están compartiendo una relación real, están interpretando una narrativa rentable.
No es amor lo que vemos: es estrategia emocional con guion, edición y monetización.
La paradoja es cruel. Nos dicen que no son perfectos, para que les creamos más.
¿No compraríamos un producto si el vendedor nos dice que tiene un par de defectitos, pero son más los beneficios?
¿No nos genera confianza? ¿No agradeceríamos su honestidad?
Pero detrás de esa honestidad “cruda” hay un equipo, cámaras, luces, contratos y control total de la historia que nos están contando.
Y nosotros, desde nuestras casas, con discusiones reales, cuentas por pagar, niños realmente presentes y sin tiempo para reflexionar en pareja cada jueves a las 11:00 am con café orgánico junto a la piscina, nos sentimos inadecuados.
Ya el sueño no es ser cantantes o actores; ahora es tener una pareja como la suya o ser la mitad de buenos padres que ellos. Porque ellos “también pelean”, pero nunca terminan gritándose frente a los niños, o dejándose de hablar.
Ellos “también han estado mal”, pero siempre vuelven más fuertes, más conectados, más bellos.
No nos están mostrando su vida: nos están vendiendo una ficción emocional de consumo rápido donde el producto ni siquiera es su relación. Somos nosotros.
Al parecer, ahora la fama es epifánica y otorga alguna suerte de sabiduría suprema que pasa por encima de la ciencia o incluso, la ética.
¿Desde cuándo la fama otorga el derecho de decirnos cómo vivir, amar o criar, como si no hubiera consecuencias?
Siempre supe que la televisión era un mito etiogónico moderno, pero las redes sociales lo han llevado a extremos de un peligro irreconocible.