viernes, 13 de junio de 2025

Democracia: el derecho a elegir lo que no se entiende


Es la educación la única canción,

la pedagogía la más dulce melodía

Cambiemos los valores de una sociedad podrida 

pongamos rumbo fijo, y a volar...

Ska-p


En teoría, la democracia es el gobierno del pueblo. En la práctica, es un desfile de votos donde la razón y la conciencia no siempre están invitadas: Todos tienen voz, pero no todos saben por qué la están usando ni para qué. 



No tenemos la más mínima educación en democracia o política y desde la raíz, el ejercicio democrático está viciado de fondo: Desde el jardín de infantes hasta el bachillerato jugamos a la democracia para elegir personeros, por ejemplo, en un desfile de tierna corrupción pueril, aprobada y aplaudida por adultos. 

Candidatos que no conocen las responsabilidades de un personero y votantes que las conocen aún menos. 


El panorama es el siguiente: 


Propuestas absurdas y muy por fuera de las capacidades de un simple personero y nadie dice nada, nadie aterriza, nadie orienta, nadie se queja.

Dulces van y vienen en las agendas escolares, con total aprobación del cuerpo docente, porque claro, son niños, no es nada grave, nada importante. 


Llega el día de las votaciones en las que se dan casos como el que una vez vivió mi hijo mayor, en el que la maestra le indicó por quién votar. ¡Qué ternura!… 


Y lo mejor, es que después de estos simulacros completamente torcidos, pasamos a elegir alcaldes, gobernadores, congresistas y presidentes; sin ningún ejercicio intermedio, porque los anteriores debieron ser suficientes para que entendiéramos la dinámica y, por supuesto, así es.


¿Será acaso una casualidad? ¿Algo verdaderamente inocente? O es que a alguien conviene que crezcamos sumidos en la más vulgar ignorancia y vendamos nuestro voto por un dulce, un tamal, una teja o un billete… 


Ya en la adultez, no hay que explicar demasiado para saber cómo son las cosas. 


La democracia presume que todos los votos son iguales, pero no lo son: Un voto consciente no debería pesar lo mismo que uno manipulado, así como un voto informado no debería valer igual que uno comprado con miedo o favores.


Pero así está dispuesto el juego, para que todos creamos que participamos, mientras unos pocos deciden. No es culpa de quienes votan sin saber, sino de quienes diseñaron una democracia donde votar así es perfectamente legal, incluso estratégico.


Como decía Kant, la salida de la minoría de edad exige coraje; y en este sistema, pensar por uno mismo no solo es raro: es subversivo.


En cada campaña y jornada electoral doy vueltas a lo mismo y tengo ya perfilados cinco grupos en los que divido a los votantes, aclarando, por supuesto, que hay casos intersectos entre una categoría y otra y que muchos otros no pertenecen obligatoriamente a alguna: 



1. Los sonámbulos


Así decidí llamar al que vota basado en su ignorancia y candidez. Son votantes completamente infantilizados por el sistema, fácilmente manipulables y efectivamente manipulados.  

No tienen formación política suficiente, votan por lo que ven en redes, por el nombre más sonado, por el que "parece honesto", por la cara bonita, por el que alguien les sugirió votar.


Este es un grupo complejo al que defiendo públicamente siempre con miedo de caer en paternalismos moralizantes, pero verdaderamente considero que no se les puede juzgar. No son malintencionados, ni culpables de su ingenuidad. Suelen ser personas con escaza educación y carentes de pensamiento crítico. 

No se les puede culpar por votar mal, cuando el sistema les ha negado el derecho a pensar bien.


Desde una mirada kantiana, este grupo sigue en "minoría de edad", no porque quiera, sino porque las condiciones lo mantienen ahí. Son ciudadanos cuyo derecho al voto me causa conflicto, pues al validar su voto como igual al del votante informado, la democracia genera una falsa equivalencia entre la opinión y el juicio.

Les llamo “sonámbulos” porque caminan por la democracia sin saber que están dormidos.


Su voto es impulsado por el miedo, la emoción o el bombardeo mediático. No hay malicia, pero tampoco conciencia. Son víctimas de un sistema que los mantiene desinformados, entretenidos y distraídos.

Esta gente vota como puede, no como debería. No tiene acceso a información clara ni herramientas para interpretarla. Insisto, no se les puede culpar: el sistema los necesita así, desarmados y obedientes.


Soy más que consciente de la posición involuntariamente elitista en la que me pone esto que pienso, pero también considero que el problema no es mío por pensarlo, sino de un sistema que mal educa a su pobalción más vulnerable, precisamente, para vulnerarla. 


2. Los Lúcidos o Mayores de Edad


Es el minoritario y en vía de extinción, grupo de ciudadanos que buscan, contrastan, reflexionan. Entienden que votar es un acto de responsabilidad, no solo un derecho, configurando el grupo de votantes que han alcanzado la mayoría de edad ilustrada.

 

Quiero creer que pertenezco a esta categoría, pero he de reconocer que mi educación sigue siendo limitada y desconozco de fondo temas clave, que sé me impiden ver algunas cosas y comprender tantas otras. 


Este grupo piensa, lee, compara y no se casa con ídolos: Son críticos y coherentes, están abiertos y a la altura de un debate respetuoso basado en la argumentación. Son pocos, incómodos y peligrosos para el statu quo, porque no aceptan el juego tal como está planteado.


Saben bien que votar sin información es como firmar un contrato sin leerlo, pero son conscientes de que quienes sí leen también deben cargar con las consecuencias.

El votante lúcido duda, analiza. No vota con el estómago (aunque puede revolvérsele, cómo no), sino con la cabeza. Sabe que el voto no es un acto de fe, sino de responsabilidad.


Es el ciudadano kantiano: ha alcanzado la mayoría de edad, y por eso incomoda.

Pensar por cuenta propia es el acto más revolucionario en una democracia de oligarcas.



3. Los Cínicos


Ellos saben exactamente lo que hacen: apoyan al corrupto porque les sirve. Votan por intereses mezquinos, favores personales o porque comparten la agenda del poder.

Aunque saben que su candidato es un lobo, lo eligen esperando que no les muerda.

Este es el grupo más destructivo, pues opera con plena conciencia, pero esta está alineada al beneficio individual, no al bien común.


A ellos sí les llamo “malos” y tienen mi más sincero repudio y juicios más duros; saben que su candidato es corrupto, violento o inepto, pero lo apoyan porque les conviene, es puro interés personal: el contrato, la palanca, la embajada, la impunidad.


Este votante no está desinformado: está podrido de conveniencia.


4. Los Adoctrinados


Este es un grupo muy complejo y diferente. 

A ellos tampoco puedo juzgarles y puedo comprenderles, y es que se trata de aquellas personas que no votan con libertad, sino con lealtad condicionada. 

A este grupo pertenecen, por ejemplo, las familias de los policías o militares. 


Estas personas tienen fe en símbolos, no en ideas. Les enseñaron a votar por “los de siempre” porque eso representa “orden”, “patria” u “honor”. No cuestionan, porque hacerlo sería traicionar una identidad que fue impuesta y porque el pan sobre su mesa depende de ello.


Son muchos que votan en nombre del que no puede hacerlo, siempre respaldando lo que ha aprendido en su adoctrinamiento y se parecen mucho a los sonámbulos, pero mucho más informados. 


No son insidiosos, pero su voto no puede ser objetivo ni independiente. 


Este grupo no es ignorante ni malintencionado. Es leal. Pero no a la democracia, sino a un dogma: el uniforme, la bandera, la institución, la tradición familiar. Vota como le enseñaron y ahí está el peligro, porque la información que consume no informa: instruye a obedecer. 

Su voto no es libre: es un acto reflejo condicionado por años de doctrina; creen que piensan por sí mismos, pero la voz en su cabeza viene con manual, Dios y Patria.




5. Los Naturales


Estos últimos son aquellos de quienes su voto no sorprende ni puede esperarse que lo haga.

Son los hijos de obreros o campesinos en zonas de abandono, donde votar por la izquierda no es rebeldía, sino tradición; o herederos de apellidos viejos, criados en casas donde la derecha no se discute, se asume.

Para ellos, cambiar de posición política sería casi una traición al origen, un acto antinatural. Sus razones no se negocian en el debate público ni en las noticias: están inscritas en el linaje, en la calle que habitan, en el tono con que sus padres hablaban de “los otros”.

¿Cómo juzgarles? No votan mal, ni bien: votan como fueron hechos. En su caso, el voto no es una elección, sino una continuidad. 

Son ricos de cuna o eternos marginados, que tienen su orilla configurada de nacimiento porque en su realidad no cabe nada más y sería absurdo pensar diferente. 


Su construcción nos remite no tanto a decisiones racionales, sino a la inercia del entorno, a un guion de vida que fue escrito antes de poder elegir, que me lleva a apuntar a el límite real de la autonomía política, moldeado por la cuna, la clase, o el destino social.




La democracia representativa nos vendió la ilusión de participación. Nos dijo que con solo marcar una casilla, ya estábamos ejerciendo poder. Pero lo cierto es que votamos dentro de un teatro cuidadosamente montado donde los candidatos ya están filtrados, los discursos vaciados de contenido y los partidos responden más a intereses económicos que a necesidades ciudadanas.

El sistema no está roto: Está diseñado para funcionar así.

Funciona con desinformación, con clientelismo, con miedo, con dogmas, con ignorancia y con burocracia. Porque si la gente pensara, cuestionara y actuara desde una conciencia real, este modelo de representación caería como un castillo de naipes.


Votamos cada cuatro años para que nos ignoren los otros 1.460 días, elegimos “representantes” que se representan a sí mismos y firmamos un cheque en blanco con la tinta de nuestra buena fe.

La democracia representativa no “está” en crisis: está viciada de origen; no distribuye poder, lo administra desde arriba y no amplifica las voces, las canaliza, las modera, las desactiva. No se necesitan más votantes; necesitamos ciudadanos críticos, y estructuras que no funcionen solo para los de siempre. Pero para esto, debe cambiar el sistema educativo que tanto depende del político.


¿Podemos aspirar a tanto? 

Francamente, creo que no. 


Si el pueblo es soberano, ¿por qué lo educan para que no sepa gobernarse? 

Sabemos más de fútbol y farándula que de política y así esperan que votemos con libertad. Porque el sistema no teme al ignorante, lo alimenta. Lo necesita para seguir funcionando.


No es que la democracia no funcione o no sea real, es que una urna no convierte en sabiduría lo que fue ignorancia colectiva. 


Esa, es nuestra maldición.






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